La cineasta mexicana Mati Covarrubias encontró en el cine un lenguaje para despedirse, comprender y agradecer. Su documental “La bahía de mi vida” documenta la biodiversidad de la costa jalisciense y convierte la experiencia íntima de perder a su madre en una reflexión sensorial sobre la vida, la muerte y la conexión humana con la naturaleza. La obra, que recientemente le valió el premio Excelencia Turística Sostenible en Madrid, ha sido reconocida por su enfoque ambiental, emocional y espiritual.
La película, filmada en escenarios de Puerto Vallarta y Bahía de Banderas, presenta a una mujer que se prepara para su último día de vida mientras su hija busca en la naturaleza la sabiduría necesaria para comprender la serenidad con la que su madre se despide. El resultado es una meditación visual que entrelaza amor, libertad y conciencia ecológica. A través de ocho guardianes ambientales —personas dedicadas a proteger especies y ecosistemas— el filme plantea que preservar árboles y animales equivale a preservar la existencia humana.
Covarrubias apuntó en entrevista con EL INFORMADOR que el proyecto nació de una experiencia personal decisiva: “Sobre todo fue el momento en que mi mamá me dijo que ya se iba. Saber que una persona se iba para mí era que dejara de respirar, de beber agua, de mantenerse conectada con la atmósfera de la tierra”.
La directora entendió entonces que la historia debía contarse como documental para mostrar “las líneas de la naturaleza que vivimos los humanos”: la temporalidad, el agua en el cuerpo, la respiración y los elementos que inciden en la salud mental. Esa decisión convirtió el proyecto en una obra híbrida entre la contemplación ambiental y un testimonio emocional.
Para la realizadora, el filme es personal pero al mismo tiempo universal. Su objetivo no era sólo narrar una despedida, sino traducir una experiencia humana compartida: la búsqueda de sentido frente a la muerte. La cineasta afirma que el cine puede ser un puente entre lo visible y lo invisible, entre el duelo y la comprensión.

Guardianes de la vida
Uno de los ejes centrales del documental es la presencia de los protectores de la biodiversidad. Covarrubias se refiere a ellos como “guardianes”, personas que dedican su vida a preservar especies como ballenas, tortugas y guacamayas.
“Me siento honrada de honrar a los guardianes, mientras iba grabando aprendía de su humildad, de su sabiduría. Es muy interesante que un ser humano haga algo y lo único que recibe es satisfacción y gozo, porque nunca sabe si cuidar los huevos de una tortuga va a hacer que una tortuga regrese en un futuro”.
La directora relata que el contacto con estos personajes le permitió comprender la paz interior de su madre antes de morir. Esa serenidad, dice, provenía de una estabilidad emocional profunda que la naturaleza refleja constantemente. El documental incluso registra la despedida real de su madre, escena que se combina con la liberación de una ballena, metáfora visual que refuerza la idea de tránsito y libertad.

Proyecto fílmico con raíces profundas
La directora subraya que la película es el resultado de un trabajo colectivo impulsado por la productora Co-Crea y distribuido por Capital Motion, equipos con los que comparte el compromiso de crear cine que resalte valores culturales y ambientales. Para ella, el filme también tiene un significado familiar: su tatarabuelo fundó Puerto Vallarta y recorrió la región a lomo de mula como comerciante, travesía que la realizadora evoca como una herencia simbólica.
Premios y camino internacional
El documental ha tenido presencia en diversos circuitos cinematográficos y plataformas digitales. Actualmente puede verse en Amazon Prime Video, considerada por la directora como “la plataforma digital más grande del mundo después de Netflix”. La obra se ha lanzado en Europa y Norteamérica y tuvo una presentación especial en el Museo Memoria y Tolerancia.
En el ámbito festivalero obtuvo el Galardón Rizoma Medio Ambiente en el Festival Internacional de Cine de Tequila y formó parte de la apertura de los Premios Ariel 2025 en Puerto Vallarta, además de integrar la selección oficial del Latin American Film Festival de Ottawa. Covarrubias valora especialmente estos reconocimientos porque considera que validan la intención de su proyecto: honrar el entorno y la cultura que la formaron.

Retos de filmar lo indomable
El rodaje implicó desafíos técnicos y logísticos considerables. El equipo filmó por mar, tierra y aire con apoyo de empresarios locales que aportaron hospedaje, transporte y suministros.
La directora relató que ese respaldo fue posible porque la comunidad comprendió la dimensión cultural del proyecto y la tradición cinematográfica de la región, recordando que el cineasta John Huston filmó en 1963 una producción protagonizada por Ava Gardner y Richard Burton (“La Noche de la Iguana”) que transformó la percepción internacional del destino.
Las dificultades no fueron menores. Durante la filmación, un integrante sufrió la picadura de un alacrán en el bosque y debieron correr 45 minutos para buscar atención médica. También enfrentaron un huracán, la inundación de una embarcación prestada y largas jornadas a pie para completar escenas. Pese a ello, la directora considera que la experiencia fue inspiradora.
“Para filmar naturaleza, se requiere esperar a que ella se muestre. Nosotros fuimos profundamente privilegiados de estar con las cámaras encendidas cuando pasaron cosas importantes”.
Entre esos momentos destaca el registro del rescate de una ballena que arrastraba más de 220 metros de cuerda y lastre tras recorrer miles de kilómetros, material que la cineasta describe como único en su tipo.

La desconexión urbana y el llamado a regresar
Para Covarrubias, la vida moderna ha creado una ilusión de separación entre las personas y el entorno natural. La cineasta sostiene que la urbanización ha provocado que la tierra se perciba como un escenario ajeno, cuando en realidad es una extensión del propio cuerpo.
“La tierra la vemos como un escenario donde estamos parados, aislados y separados de su función, pero en realidad es nuestro cuerpo extendido, yo soy el resultado de la naturaleza”.
Según explica, la naturaleza opera bajo reglas distintas a las del mundo intelectual humano: vive en el presente, sin pasado ni futuro. Ese contraste, afirma, explica el estrés constante y la rumiación mental que predominan en las ciudades. Por ello, invita a reconectar con lo esencial mediante acciones simples: sentarse bajo un árbol, escuchar el silencio, observar aves o flores. Ese retorno a la experiencia sensorial es, para ella, un camino hacia una “mente fecunda” en lugar de una “mente productiva”.




