El debate sobre el papel político de Ethan Hawke marcó uno de los momentos centrales del festival internacional de cine de Berlín, ayer. El actor estadounidense defendió el derecho de los creadores a expresar opiniones públicas y afirmó estar “totalmente a favor” de cualquier acción que combata el fascismo.
Durante la presentación de la película “The Weight”, exhibida fuera de competición en la Festival Internacional de Cine de Berlín, Hawke reaccionó ante la controversia surgida por la supuesta falta de posicionamientos del certamen respecto a la guerra en Gaza. Aunque evitó pronunciarse sobre casos concretos —como una carta firmada por cineastas como Javier Bardem, Tilda Swinton y Fernando Meirelles— defendió el derecho universal a disentir.
El actor subrayó que los artistas no son figuras decisivas en la construcción de la paz global, pero sí ciudadanos con responsabilidad pública. Para Hawke, el cine posee una dimensión transformadora: permite imaginar colectivamente un mundo mejor y contribuye a la formación ética de las nuevas generaciones.
Durante su participación en el festival, Hawke reivindicó el cine como espacio de sanación e imaginación compartida, capaz de generar una “vida de ensueño internacional”. Esta idea se refleja en la propuesta narrativa de “The Weight”, centrada en personajes aparentemente distintos que descubren aquello que los une, una metáfora de convivencia extrapolable a la realidad global.
Ambientada en Oregón en 1933, la película presenta a un viudo que acepta participar en un traslado ilegal de oro a cambio de su libertad, bajo la supervisión del personaje interpretado por Russell Crowe. Dirigida por Padraic McKinley, la producción rinde homenaje al cine de acción de los años setenta.
El rodaje, realizado en escenarios naturales en Alemania, implicó exigencias físicas extremas —tormentas, frío y condiciones adversas— que el actor destacó como uno de los mayores atractivos de su carrera, marcada por su interés en explorar géneros diversos. Entre sus trabajos más reconocidos figuran “Training Day”, “Boyhood” y “Blue Moon”, esta última le valió su quinta nominación al Oscar.
La fragilidad humana y la ética del cuidado
En contraste con el debate político, el festival también acogió propuestas centradas en la intimidad y la experiencia humana. La película “Queen At Sea”, dirigida por Lance Hammer, plantea una reflexión sobre el impacto del Alzheimer y otras demencias en el entorno familiar.
La actriz francesa, Juliette Binoche, interpreta a una mujer que intenta garantizar la seguridad de su madre enferma, quien vive con su esposo en una vivienda londinense poco adaptada a su condición. La historia explora los dilemas éticos que surgen al decidir quién debe asumir la responsabilidad del cuidado y cuándo intervenir.
La cinta subraya que la demencia no solo transforma al paciente, sino también a quienes lo rodean. La actriz Anna Calder-Marshall, que encarna a la madre enferma, destacó la importancia de visibilizar socialmente el problema.
El director construyó el guion a partir de experiencias personales y testimonios reales, en colaboración con profesionales médicos y trabajadores sociales, con el objetivo de mostrar el sufrimiento emocional y las complejidades del cuidado.
La tensión narrativa surge cuando la hija cuestiona la capacidad de su madre para consentir una relación íntima con su esposo, interpretado por Tom Courtenay. La intervención de autoridades y servicios sociales revela las múltiples perspectivas sobre la autonomía, el amor y la responsabilidad.
El filme introduce además un contrapunto generacional: el despertar amoroso de la nieta, interpretada por Florence Hunt, conocida por la serie “Bridgerton”, que contrasta el primer amor con el último.
La obra se caracteriza por una fotografía delicada del brasileño Adolpho Veloso y un enfoque profundamente humanista. Su título alude a la expresión británica “at sea”, asociada a la pérdida cognitiva, imagen que simboliza el extravío mental y emocional de los personajes.
La Berlinale como espejo del presente
Sin duda, las tres propuestas presentadas en el festival revelan un denominador común: el cine como espacio de interrogación ética y política. Desde la defensa de la expresión pública del artista hasta la exploración de la enfermedad y la denuncia de la censura, las obras reflejan preocupaciones urgentes de la sociedad contemporánea.
En Berlín, el cine no solo entretiene ni solo emociona: también cuestiona, incomoda y propone. Entre la acción, la memoria y la conciencia social, el festival reafirma su papel como escenario donde el arte dialoga con los conflictos de su tiempo y donde la pantalla se convierte en territorio de disputa cultural y reflexión colectiva.

Denuncia y libertad de expresión
El clima político del festival se intensificó con las críticas del actor argentino, Nahuel Pérez Biscayart, quien acusó a la Berlinale de censura y negacionismo respecto al conflicto palestino. Según sostuvo, existirían directrices que limitan las expresiones políticas en actos públicos, lo que cuestiona el compromiso del evento con la libertad de prensa.
Ayer, Pérez Biscayart denunció lo que considera un “silencio cómplice” del jurado internacional, presidido por el cineasta alemán Wim Wenders, y advirtió sobre los riesgos de la erosión progresiva de la libertad de expresión, comparándola con procesos históricos que condujeron a graves violaciones de derechos humanos.
El actor participa en “Narciso”, segundo largometraje del realizador paraguayo Marcelo Martinessi, basado en la novela de Guido Rodríguez Alcalá. La obra revisita el asesinato del locutor Bernardo Aranda en el Paraguay de finales de los años cincuenta, bajo un régimen militar.
La historia presenta a un personaje ambiguo que introduce elementos de modernidad -como el rock and roll- mientras representa simultáneamente intereses geopolíticos externos, planteando tensiones entre progreso, poder e identidad.
Para el actor, el filme dialoga con problemáticas contemporáneas, desde el intervencionismo internacional hasta las experiencias históricas de América Latina, incluyendo las dictaduras militares y el Plan Cóndor. En su lectura, la obra funciona como advertencia sobre los mecanismos graduales de degradación democrática.



